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DON GÜERO


En los ojos del abuelo se encontraba el mar,
yo no sé si él lo sabía porque sus oídos,
hacía tiempo, habían dejado de escuchar.



Don Boni iba de rancho en rancho vendiendo medias, servilletas, peines y  agujetas, cuando regresaba a casa sus nietos corríamos a su encuentro para ayudarle a cargar (arrastrar) las cajas de cartón a cambio de unos chicles. Es inevitable pensar en las canicas, en los yoyos, en cómo nos enseñó a bailar el trompo, en las historias que nos contó bajo el mezquite, en la ceja blanca y la ceja negra, la enorme sonrisa y aquel sombrero que conservo. El Güero fumaba sus Faros, aun cuando el humo ya había hecho estragos en la salud, se sentaba en la entrada de la casa y “escondía” el cigarro para que no sospecharan que seguía fumando, cosa curiosa, porque en su espalda una estela gris lo delataba.

Abuelo, las cajas de cartón siguen arriba del ropero y tus nietos e hijos seguimos hurgando en ellas, pero ninguno desata los nudos porque nos da miedo no poder hacerlos de nuevo.
A mi padre le sigue doliendo tu ausencia, qué falta me hace mi padre, a cada paso que doy, dice la canción; y en sus ojos descubro que la huella de tu nombre provoca el mar en su mirada. Te cuento que Manuel,  don Güero, como también lo llaman, sigue siendo un hombre extraordinario, el blanco comienza a cubrir parte de su cabello y las horas de trabajo se convirtieron en pequeñas líneas que iluminan su rostro; a pesar de eso, es un hombre fuerte y nos ha enseñado que se puede reír y llorar sin miedo. Ha soportado a las tres mujeres que tiene en sus días y también, sin que se dé cuenta, me ha hecho valorar a toda mi familia a través del amor que le tiene a la suya. Sé que estarías orgulloso de tu hijo, así como yo lo estoy de mi padre.


Comentarios

  1. Me encanta esa forma tuya (tan de pueblo pues) de expresarte. Tu primer estrofa me hizo recitarla en mis recuerdos, como cuando a mi propia fallecida abuela (hace ya muchos años), le prohibían fumar sus "alitas", y a escondidas (en el baño), se las embutía, para luego, darme esas monedas grandes y olorosas a hierro con la orden de irle a comprar una cajetilla mas. Ah, mi abuela.

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